Edafología. Ciencias Ambientales

Lección 5 Propiedades del suelo. Propiedades físicas. Textura.

Conocemos como textura a la relación existente entre los contenidos de las diferentes fracciones granulométricas que constituyen el suelo.

Desde siempre se ha considerado que una textura es adecuada o buena cuando así resulta para el óptimo desarrollo vegetal. La textura varía de unos horizontes a otros, es pues una característica propia de cada uno de ellos más que del suelo en su conjunto.

A veces el concepto textural se aplica a la totalidad del suelo pero en este caso se hace con referencia a una determinada zona del mismo, que si es utilizada con carácter taxonómico se establece sobre lo que se conoce como sección control, que varía con el tipo de suelo y la clasificación utilizada. Cuando se expresa con fines agronómicos, se utiliza el promedio de otra sección control que varía en función del tipo de cultivo, ya sea herbáceo o arbóreo, variando principalmente el límite inferior de la misma.

Clases texturales.

Cuando tenemos que analizar un corto número de parámetros lo mas sencillo es recurrir a algún tipo de representación gráfica, de modo que queden delimitadas una serie de posiciones definidas. En el caso de la granulometría del suelo se recurre a una representación triangular, por ser tres los parámetros fundamentales.

En cada lado del triángulo, de la figura de la izquierda, se sitúa una de las fracciones, cuyo valor cero corresponde al 100 de la anterior y su 100 con el cero de la siguiente, siempre según el movimiento de las agujas del reloj. Cada muestra de suelo viene definida por un punto del interior del triangulo, dicho punto se obtiene trazando una paralela al lado anterior desde la escala que señala el contenido en la correspondiente fracción; con solo dos líneas queda definido el punto representativo, porque la tercera componente es función de las primeras al tener que ser 100 la suma de todas ellas.

El triángulo se divide en una serie de áreas que corresponden a las diversas clases texturales, que representan grupos de texturas con aptitudes o propiedades análogas. Las clases suelen asociarse en cuatro grupos principales que corresponden a las texturas arcillosas, limosas, arenosas y francas o equilibradas; según exista un componente dominante o una proporción adecuada de todos ellos. Pasando el raton por cada una de las áreas marcadas podrá observar exactamente el valor de cada fracción granulométrica.

Cada fracción tiene un comportamiento diferente, pero su incidencia en el conjunto no es la que cabría esperar de su proporción, sino que algunas tienen mas carácter o peso que las restantes; así observamos que una textura es arcillosa cuando el contenido en ese componente supera el 40% o el 35% si se dan otras circunstancias, mientras que para considerar el carácter arenoso se requiere como mínimo un 70% de arena o un 80% de limo para otorgar este carácter a la muestra. La actividad de la arcilla es mucho mayor que la de las otras fracciones y pequeños contenidos se hacen notar de inmediato.

Por otra parte, en las texturas arenosas al ser muy variada esta fracción, se añade un calificativo según el tamaño de arena que predomine, incluso en la textura franco-arenosa. La arena crea una gran porosidad con huecos de gran tamaño, que favorece la aireación y facilita la circulación del agua, por el contrario no es capaz de retener ni a ésta ni a los nutrientes iónicos, para lo que se necesita la presencia de algún coloide. Para el equilibrio del suelo no importa tanto el contenido de arena como su relación con la arcilla, así cuando ésta supera el valor de tres comienza a mostrar sus desfavorables efectos. En horizontes superficiales con bajos contenidos en materia orgánica, que pueden estimarse en el uno por ciento, se mantiene la actividad biológica en un grado aceptable.

El limo provoca impermeabilidad y mala aireación, no tiene carácter coloidal y no forma agregados estructurales, además sus partículas son suficientemente finas para tupir los huecos dejados por las mayores. Si esto fuera poco su capacidad para retener agua e iones es muy baja. Como en el caso de la arena interesa conocer su relación con la arcilla porque influye sobre la estructura.

La arcilla pone el contrapunto a las otras dos fracciones, aunque su exceso, que podemos cifrar en el 30%, llega a ser perjudicial. El mantenimiento de la actividad biológica en los horizontes superficiales ricos en arcilla requiere un contenido en materia orgánica siquiera del dos por ciento; es éste componente el que puede atenuar los defectos del exceso de arcilla, de esta forma se estima que es conveniente que la materia orgánica alcance un mínimo del 15% del contenido en arcilla.

 

Texturas arcillosas.

Las diferentes clases texturales se caracterizan por el influjo de las fracciones que las componen.

De este modo las texturas arcillosas dan suelos plásticos y difíciles de trabajar que se conocen como suelos pesados o fuertes. Su tempero es muy corto, si se labran más húmedos se forman grandes terrones que impedirán la nascencia de las semillas; si se labran en seco, son muy duros y se destruye la estructura quedando una capa polvorienta que al humedecerse y secarse forma un encostramiento superficial que impide que las plántulas emerjan.

Otra consecuencia de su elevada plasticidad es la posibilidad de formar capas muy compactas inmediatamente debajo de la capa arable, que se conocen como "suelas de labor"; éstas se producen por el peso de la maquinaria usada en las labores y constituyen un impedimento al paso del agua y de las raíces.

Retienen gran cantidad de agua y de nutrientes iónicos, debido al predominio de la microporosidad, en el primer caso, y a su elevada capacidad de intercambio iónico, mayor o menor según el tipo de arcilla.

Tardan bastante en calentarse en primavera por lo que se conocen como suelos fríos, lo que retarda el inicio del ciclo vegetativo tras la parada invernal y retrasa la sazón de las cosechas. Esta tardanza se debe al elevado calor específico del agua que retienen, que deja poco espacio para el aire, con menor inercia térmica.

Presentan una permeabilidad baja, salvo que estén bien estructurados y formen un buen sistema de grietas, su velocidad de infiltración del agua se sitúa entre tres y siete milímetros por hora, por lo que una precipitación de mayor intensidad tiende a encharcarlos o a provocar arroyadas superficiales; esta situación se agrava si por un mal laboreo se han formado suelas de labor.

La presencia de carbonatos favorece la estructuración del suelo y atenúa en parte las características desfavorables, por ello es conveniente indicar junto a la textura el nivel de carbonatos expresado en equivalentes de carbonato cálcico . Este valor se indica posponiendo el adjetivo caliza a la textura cuando el nivel de carbonatos se sitúa entre el cinco y el 20%, o anteponiendo los prefijos calcárea o caliza si esos niveles se sitúan entre el 20% y el 50% o se supera este último valor, en estos casos el carácter calcáreo predomina sobre el tipo textural.

También la materia orgánica tiene un efecto amortiguador sobre el contenido de arcilla al generar complejos estables que forman una estructura muy fragmentada. Ya indicamos el porcentaje adecuado. Como en el caso de los carbonatos suele indicarse el estado húmico con la clase textural. Se pospone el término humífera o húmica cuando el contenido en materia orgánica se sitúa entre cuatro y 10% o entre 10% y 20%; si se supera este valor se antepone al nombre textural el prefijo humo.

Cuando el caracter arcillosos va asociado a una cierta acidez, el encalado puede mejorar notablemente las propiedades físicas. En suelos neutros o algo alcalinos, el mejor remedio es la utilización de enmiendas orgánicas como la aplicación de estiercol, de compost de residuos urbanos o al menos dejar y mezclar los restos de las cosechas, siempre que la actividad biológica sea adecuada, pues en caso contrario puede ser incluso perjudicial por las grandes oquedades superficiales que se forman.

 

Texturas arenosas.

La teztura arenosa es la contrapuesta a la arcillosa, que acabamos de considerar.

Cuando en superficie hay una textura arenosa, los suelos se conocen como ligeros, dada su escasa plasticidad y su baja dureza, que los hace muy fáciles de trabajar. Su tempero es muy largo y los riesgos de encostramiento son prácticamente nulos, si bien son muy propensos a que las plántulas se descabalguen, o pierdan el contacto entre la raíz y el suelo.

Presentan una excelente aireación porque al ser las partículas dominantes de gran tamaño dejan grandes huecos entre ellas, por donde penetra fácilmente el aire.

Los mismos motivos anteriores les otorgan una gran permeabilidad, que se manifiesta por una velocidad de infiltración que va de 13 a 20 mm/h, y solo ante unas lluvias extremadamente intensas se puede provocar su encharcamiento, pero en estos suelos es muy peligroso porque, si están en zonas con ligera pendiente, sufren una erosión laminar selectiva que elimina los escasos coloides presentes y acrecienta aún más el problema.

Se calientan rapidamente en primavera por lo que el ciclo vegetativo se anticipa, lo cual es muy importante porque retienen muy poca agua y nutrientes; en el caso del agua el problema se agrava en las zonas áridas, en las que sobre suelos muy arenosos solo crece una vegetación xerófila.

Cuando se abonan hay que hacerlo en pequeñas dosis o con sustancias poco solubles, porque el lavado es muy fácil, pero para ello es necesario que tengan una buena actividad biológica.

El humus sufre una renovación muy rápida por lo que la acumulación de materia orgánica es mínima. La única forma de mejorar estos suelos es el aporte de materia orgánica, pero en estos casos conviene hacerlo de forma continuada y en pequeñas aportaciones por su rápida mineralización.

 

Texturas limosas.

Cuando tenemos una textura limosa, estamos en la peor de las situaciones, el limo carece de propiedades coloidales formadoras de estructura y son suelos que se apelmazan con facilidad impidiendo la aireación y la circulación del agua. En ellas es muy frecuente la formación de costras superficiales que generan estructuras escamosas en superficie, que impiden la emergencia de las plántulas. Son casi imposibles de corregir y solo un aporte orgánico puede atenuar sus malas características.

 

Texturas francas.

Por último, las texturas francas o equilibradas al tener un mayor equilibrio entre sus componentes, gozan de los efectos favorables de las anteriores sin sufrir sus defectos, el estado ideal sería la textura franca, y a medida que nos desviamos de ella se van mostrando los inconvenientes derivados de la dirección seguida en esa desviación.

 

Importancia de la textura en el reconocimiento de la génesis del suelo.

Además de estas consideraciones agronómicas, la textura nos informa también sobre un gran número de aspectos genéticos, pero en estos casos lo mas importante es el contraste textural entre unos horizontes y otros.

El primer aspecto a considerar sería la distribución de las gravas que normalmente deberían sufrir un paulatino incremento desde la superficie hasta el fondo. Cuando el suelo se encuentra en una zona baja, es posible que se produzca una acumulación superficial de gravas por caida desde las laderas cercanas, pero cuando este incremento se produce a una cierta profundidad y con elementos de tamaño grueso, suele ser indicativo de un proceso erosivo que ha barrido la parte superior del suelo y dejado este empedrado en la nueva superficie creada, sobre la que se ha desarrollado el nuevo suelo que encontramos; es lo que conocemos como una "discontinuidad litológica".

A veces este fenómeno es mas sutil y no aparece ese lecho pedregoso sino que hay una deposición de otro material sobre la superficie, erosionada o no, del suelo por un proceso de enterramiento con el subsiguiente desarrollo de uno nuevo; en estos casos se suele producir una neta modificación de la relación limo/arena que en suelos con un solo ciclo de formación permanece uniforme a lo largo del perfil, porque solo la arcilla es susceptible de irse formando o moviendo de unos horizontes a otros.

El contenido en arcilla y sobre todo su relación con el correspondiente al horizonte C o R, es un signo de evolución del suelo, dado que esta fracción es la que representa a los productos formados en el mismo. Pero además su distribución a lo largo del perfil es también un indicador de los procesos que han tenido lugar en su formación. En un principio el contenido en arcilla es máximo en el horizonte A debido a la intensa alteración bioquímica; cuando el suelo crece, la alteración geoquímica crea los horizontes Bw de alteración. Cuando el contenido en arcilla del horizonte B es notablemente mas alto que en los restantes es posible que exista un proceso de ilimerización con formación de un horizonte Bt, que a veces puede llevar asociado un horizonte E en el que se produce un mínimo en la concentración de la fracción que analizamos.

En ocasiones se produce un cambio textural abrupto entre el horizonte A y el B que no está justificado por la movilización de arcilla, en este caso puede ser la manifestación de una erosión laminar selectiva que tiene lugar en áreas de débil pendiente y sobre todo cuando existe una notable diferencia de permeabilidad entre los horizontes A y B, que favorece el movimiento horizontal del agua.

Como hemos podido deducir la textura no solo nos aporta una buena información en sí misma, sino que ejerce una influencia directa sobre las restantes propiedades físicas, sobre todo sobre la forma de agregación de las partículas o estructura.

 

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A Lección 5

Actualizada 13/4/05