SOCIEDAD y sociología

POLÍTICA e ideologías

Es más fiero el león que arrastra esta sociedad hacia una dualidad no prevista: la miseria física para los perdedores, y la miseria moral para los ganadores.


Democracia y participación (la mitad, de la mitad...), 1989

Por un pensamiento fuerte, 1989

¡Maricón!. Una aproximación a la sociedad civil, 1989

Lo público y lo privado, 1993

Rh-, o el Cromagnon revisitado, 1993

La idea de la violencia, la violencia de la idea, 1993

La ambición del César francés, 1993

 

 

 

Estrategias fatales, 1995

Ser de izquierdas (en Extremadura), 1995

La elección racional... sólo una de las posibles, 1995

Info-ricos e info-pobres. Navegando sin remos sobre la cresta de la ola, 1998

El infierno que Juan Pablo II no ha visto, 1999

 


DEMOCRACIA Y PARTICIPACION (la mitad de la mitad...)

 ©Artemio Baigorri

(Enero, 1989, publicado en los diarios EXTREMADURA y EL DIA DE ARAGÓN)

 

Nuevamente suenan campanas electorales. Vamos a elegir de nuevo a nuestros delegados en el Parlamento Europeo, vamos a poner nuevamente en marcha la ceremonia de la participación. Es buena hora pues para, junto a los cantos elegíacos sobre la nueva Europa (es decir, sobre el nuevo Mercado Europeo, que poco más de sí da la cosa), hilvanar algunas reflexiones sobre el propio sistema electoral. Reflexiones que, pasados los tiempos de miedos y tropiezos, deberían hacer los demócratas mucho más a menudo; por cuanto la más simple de las lógicas nos aconseja suponer que, al igual que el sistema de democracia parlamentaria de partidos constituye un neto avance sobre anteriores sistemas de gobierno, debe ser él mismo mejorable y superable al ritmo de la evolución y el progreso social. Sin miedo, sin prejuicios y sin hipocresías.

En las más recientes elecciones celebradas en España, las catalanas de mayo de 1988, el presidente regional Jordi Pujol volvió a alzarse con una mayoría absoluta: un 60 % de los votos. Estas cosas ocurren habitualmente.

Sin embargo, si nos sentamos con una calculadora de bolsillo ante los datos que nos ofrece la prensa, las mayorías se disuelven como por encanto. Vivimos gobernados por minorías más o menos selectas, pero en cualquier caso minorías absolutas.

Si tomamos las elecciones catalanas citadas, resulta que la participación electoral ha sido de sólo un 60 %. De resultas, el señor Pujol volvió a ser presidente por la voluntad de sólo un 36 % del electorado. Un tercio de la población votante decide el nuevo gobierno. Pero si vamos más allá y consideramos al conjunto de la población, las elecciones vienen a resultar, dicho en términos grotescos, una especie de encuesta, manipulada en sus resultados por la influencia de amigos y familiares de los interesados.

Tomemos para ello las últimas elecciones estatales celebradas en España, y podremos hacer cuentas más ajustadas:

POBLACION 38.398.246 100 %
CENSO ELECTORAL 29.117.613 75.83 %
Votos Emitidos 20.487.812 53.35 %
Votos PSOE 8.901.718 23,18 %

Así, algo más de 1/5 de la población española decide el gobierno de la nación.

Dicho de paso, y sin más ánimo que el de un mejor conocimiento de la realidad social, en estas condiciones adquieren mayor sentido dos actitudes repetidamente mostradas por el PSOE:

1) gobernar 'para todos', por cuanto en realidad representa a muy pocos (por supuesto a muchos más que el siguiente partido en lid, AP, votado únicamente por un 13,6 % de los españoles)

2) gobernar a base de encuestas (si bien es evidente que hay dos maneras de utilizar las encuestas: una para actuar en función de la opinión mayoritaria, y otra para halagar a la minoría mayoritaria asegurando su voto futuro)

Posiblemente, dado el desarrollo técnico en la fiabilidad de la estadística, fuese ahora mismo más próxima a la realidad nacional un Parlamento configurado en base a una encuesta, que las propias elecciones. En una encuesta se elije aleatoriamente, reproduciendo la estructura del universo en la muestra. Es decir, teóricamente al menos (y en la práctica suele ser así en las encuestas bien hechas), en la encuesta participarían proporcionalmente a su importancia cuantitativa real oligarcas, obreros, meretrices, jóvenes, funcionarios, militares, monjas, rústicos y urbanos. Sin embargo, la elección por voto desvirtúa esta limpieza; la militancia política contribuye sin duda a ello. Y perdemos la posibilidad de conocer la opinión al respecto de la mayoría de los ciudadanos.

En suma, si somos sinceros hemos de reconocer que el sistema de partidos no permite el acceso al Poder de gran parte de la población. De alguna manera habría que darle la vuelta a todo ésto, diseñando un sistema electoral más justo, más allá de la polémica sobre los sistemas de asignación de escaños. Creo que hoy día, con una democracia sólidamente establecida en las mentes de los ciudadanos e incluso del aparato del Estado (el elemento social más reticente a la Democracia, después de las clases dominantes y sus adláteres), ese sistema más justo sería el derivado de las encuestas.

Especialmente grave, dentro de este sistema de democracia altamente imperfecta, es el tema de los jóvenes. La EGB termina a los 14 años, y para cualquiera que no sea un paladín de la intolerancia debería resultar claro que esa habría de ser la edad mínima de voto. Evidentemente, muchos jóvenes de entre 14 y 18 años no tienen formado el juicio, pero tampoco lo tienen muchos de los de más de 18, ni aún de los de más de 50, y no por ello se les prohibe votar (a veces se les lleva en ambulancias, no teniendo ellos más capacidad que la que les permite transportar hasta la urna la papeleta que alguien les ha colocado en la mano). Los jóvenes, en cuanto llegan a los Institutos, empiezan a discutir de política, se manifiestan, hacen huelgas, se apuntan a grupos ecologistas o de derechos humanos (o incluso a bandas de choque de grupos violentos), beben alcohol, fuman, empiezan a amar, y todos los que no van al Instituto empiezan a trabajar, a apuntarse al paro o a delinquir...y sin embargo no pueden votar, algo tan tonto como ésto. Hay al menos 1.000.000 de españoles con capacidad suficiente para decidir y a los que de hecho se les niega el acceso -incluso este acceso indirecto y viciado de las elecciones- a las decisiones políticas que les atañen como ciudadanos.

En realidad, políticamente, en lugar de hablar de una sociedad dual habría que hacerlo de una sociedad a cuatro bandas, que se va constituyendo claramente. Hay en torno a 1/4 de la población que NO PUEDE votar; en torno a 1/4 que NO QUIERE votar; en torno a 1/4 que VOTA OPOSICION, y en torno a 1/4 que GOBIERNA.

Recogemos gráficos elaborados con los resultados de diversas elecciones en varios países, incluída España, y vemos que en todas se repite prácticamente el mismo esquema, por lo que podemos inferir que no se trata de un problema local, sino más bien de un problema popio del sistema político de democracia parlamentaria occidental. Veamos primero el cuadro de datos, y luego los gráficos:

LA SOCIEDAD A CUATRO BANDAS

ELECCIONES NO PUEDEN NO QUIEREN OPOSICION GOBIERNO
España 1982 24,2 22,5 30,2 23,2
Francia 1981 34,4 19,3 28,8 17,5
Grecia 1981 25,0 16,2 30,5 28,3
Alemania 1987 25,9 11,7 39,3 23,1
Inglaterra 1987 22,8 19,7 33,2 24,4

No sé si podría establecerse alguna hipótesis: por ejemplo ¿podrían ser un índice de nivel de democracia o libertad -al menos lo son de mayor participación- las tasas bajas del cuarto de los que no pueden votar, o las tasas altas del cuarto de los que fijan el gobierno? Resulta difícil sacar conclusiones, pero desde luego podrían obtenerse si cruzásemos estos datos con las pirámides de población y las tasas de inmigración de los países respectivos.

En cualquier caso, lo que sí puede establecerse es una imagen tipo de esta estructura sociopolítica. No hace falta fijarse mucho para ver que coincide con el símbolo pacifista. ¿Casualidad? Sin duda, pero también podría ser la imagen de la PAZ SOCIAL. Hilando fino, podríamos relacionar aquél símbolo de la paz de los adormecidos 'hippies' de los años '60 con este otro de la paz social en las adormecidas sociedades de capitalismo avanzado.

En realidad funcionamos con democracias propias del liberalismo de las élites caciquiles, y luego resulta que debe pactarse contra natura, desliendo y traicionando los programas electorales. Como quien dice, los amigos y la familia de los candidatos (con los casi 90.000 candidatos que suman todas las elecciones reguladas en España, sumando amigos y familiares, estamos hablando de votos no estrictamente democráticos por millones), más los cuatro gatos que responden automáticamente a las siglas, y pocos más, deciden cada cuatro años el gobierno del municipio, la región o el país.

Otro tema que va emparejado con esa desigual calidad de la opinión de unos y otros ciudadanos, es el precio en votos de los escaños parlamentarios. En esas mismas elecciones de 1986, los 7 escaños conseguidos por la coalición Izquierda Unida les costaron más de 133.000 votos/escaño; sin embargo, a Herri Batasuna sus 5 escaños tan sólo les salieron a 46.344 votos/escaño; los más 'baratos' del Parlamento -y luego dicen que no hay suficientes garantías democráticas para sus huestes, cuando incluso están 'subvencionados' por las leyes electorales-. Evidentemente estas 'injusticias' sólo podrían evitarse de una forma: mediante la circunscripción única para el Parlamento. Diversos elementos de juicio apoyan esta hipótesis: el más importante es sin duda que, en realidad, la mayoría de los candidatos -sobre todo los que salen elegidos- son impuestos a las provincias desde Madrid en casi todos los casos, y hablan luego en nombre del partido y no de la provincia a la que teóricamente representan. Para la representación regional (la provincial es un contrasentido en un estado de las autonomías dentro de una Europa de las Regiones) está el Senado, además de los propios gobiernos autonómicos.

Seguramente a los propios partidos nacionalistas (conservadores o progresistas) les iría mucho mejor. Los nacionalistas de izquierda suman en las elecciones de 1986, en votos, un porcentaje mucho más alto que el de escaños obtenidos. A su vez, los pactos electorales darían alguna voz a grupos minoritarios que alcanzan el 3% (¿o es el 5 %?) en sus circunscripciones.

¿No se agrupan los bancos? ¿No se agrupan las empresas para conseguir contratos? Con una circunscripción única, en la que una vez se hubiese votado pudiesen sumarse los votos de unos y otros, las 19 candidaturas situadas teóricamente a la izquierda del PSOE habrían obtenido 1.713.519 votos, el 8,54 % del voto escrutado (sin duda en tal situación hubiese obtenido más votos, porque ahora sí habría voto útil, y descendería la abstención por la izquierda), y le corresponderían por tanto nada menos que 20 escaños, frente a los 9 que ahora suman los partidos con escaño que figuran en el listado anterior (si en honor a los ingenuos irreductibles de la izquierda inconsciente sumásemos los votos de HB, serían 1.945.241 votos -el 9,69 %- y 27 escaños, esto es se trataría de la 3ª fuerza política en el Parlamento, despúes de AP). Naturalmente, si esto fuese así mucho voto útil del que va a parar al PSOE hubiese quedado en tal agrupación postelectoral, con lo que el PSOE bo tendría mayoría absoluta. Su 44,3 % debería sumarse para gobernar al 8,5 (o el 9,6 en el hipotético caso de incluir a HB) de la izquierda; o bien al 9,2 del CDS, o al casi 10 % de las fuerzas nacionalistas conservadoras. Evidentemente, el gobierno de la nación respondería en tal caso a esquemas más enriquecedores; aunque por supuesto que más complicados y conflictuales (como corresponde a la sociedad moderna).

Evidentemente, hoy día la cuestión no es ya que el sistema parlamentario de partidos en democracia sea el menos malo de los sistemas conocidos. La cuestión es que también es demasiado malo como para mantenerlo. Y, evidentemente, tiempo es ya de ir inventando algo también en este campo.


 ¡MARICON!

Una aproximación a la Sociedad Civil

©Artemio Baigorri

(Abril, 1989, publicado en los diarios EXTREMADURA y EL DÍA DE ARAGÓN, casualmente el mismo día en que se publicaba la noticia, y la foto, del puñetazo rampante de Ruiz Mateos a Boyer)

 

El epíteto lanzado por José María Ruiz Mateos contra Miguel Boyer es toda una lección de Sociología Política, para quien quiera aprenderla. De inmediato uno piensa en Locke, para quien "aquéllos que no cuentan con nadie a quien recurrir, nadie a quien apelar en este mundo, siguen viviendo en el estado de la Naturaleza y, a falta de otro juez, son cada uno de ellos jueces y ejecutores por sí mismos". Naturalmente, lo que Ruiz Mateos desearía, supongo, sería retar a un duelo mortal a su expropiador, un amanecer brumoso en el Paseo de Recoletos. A un solo disparo, porque cuando un beato pasa del "cáspita" al "maricón" es que la cosa está que arde. Imagino el corro de curiosos de la clase media, exclamando: "¡Qué espectáculo! Dejazlos que se maten...". Y al resto de los lobos espiando discretos tras las cortinas y pensando :"Dos menos para el reparto del botín".

Lo fácil sería deslizarse por la crítica ideológica. ¿Acaso no es capaz un ex-opusdeista de sublimar sus ansias de venganza, pasiones terrenales al fin, confiando en la Justicia celestial y en la suprema bondad del Altísimo? Pero en cualquier caso no es de sectas de lo que yo quería hablar...

Como ha ocurrido con tantas otras proclamas a lo largo de la Historia de las ideas, las llamadas -desde la izquierda más lúcida y a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XX- a un ensanchamiento de las libertades civiles, a la creación de cauces para una mayor participación -directa- de los ciudadanos en asuntos de su plena incumbencia, a un mayor control de los 'cuerpos' más poderosos del Estado en las sociedades democráticas más adelantadas; todo ello al caer en manos de los gachupines acocacolados se ha convertido en ataques de pleno derecho contra El Estado, proponiéndose de hecho lo que se pretende -por más que no lo sea- una nueva doctrina: eso de la Sociedad Civil. Una nueva engañifla con la que seguir entreniendo -y entreteniéndose- a las mentes más abiertas, que de otro modo andarían sin duda aplicadas en lo que es su obligación: la crítica de las deficiencias y contradicciones de las sociedades capitalistas de desarrollo avanzado...la crítica del Estado.

Cuando los ideológos de la S.C. hablan de la necesidad de crear lo que denominan "espacios de libertad" en los que la intervención del Estado brille por su ausencia, en realidad a lo que apuntan (sin duda a sabiendas) es a lo que sugiere el kikirikí de Ruiz Mateos: en penúltimo término, a la posibilidad de dirimir con un duelo entre tiburones aquéllo que El Aparato no permite clarificar y resolver a gusto de todos; en último término, a la ley del más fuerte, sea el grupo económico, la corporación, el 'sector'...la clase social. La crítica del Estado de los analistas con más visión de las últimas tres décadas ha sido desbordada por la realidad del furor uterino del capital en su ansia insaciable de controlar todos los aspectos de la vida. No es el Estado -al que la derecha ha hecho batirse en retirada al dejar de serle útil- el que extiende sus tentáculos hasta los últimos resquicios de individualidad; es el capitalismo el que copa y manipula con los mass-media nuestras más íntimas y últimas decisiones, por más que se empeñen en hacérnoslo olvidar.

Contrariamente a lo que casi nos han hecho creer, el Estado moderno obedece cada vez más a las exigencias y necesidades de la mayoría de los ciudadanos (otra cosa son las 'mayorías' electorales que designan a nuestros gobernantes, pero dejamos el tema para otra ocasión). Aunque no lo parezca, en sus grandes líneas el Estado avanza en favor de las mayorías sociales, por más que este avance no sea lineal ni permanente: hay retrocesos, desfases... El Estado no es una estructura estable, sino un organismo más parecido a una ameba que a otra cosa, cuyos seudópodos avanzan y retroceden aparentemente sin orden ni concierto; pero hay un orden oculto, que lo marcan las luchas sociales.

Tomemos el caso de una de las críticas más sólidas: la de Lefebvre sobre la vida cotidiana. "Sería mil veces mejor pasar por un periodo desestructurante, dejando lugar a nuevas fuerzas sociales, que pasar por una organización coercitiva de los esparcimientos, de las comunicaciones, de la vida 'privada', del tiempo y el espacio. La metamorfosis de la vida cotidiana se hace con la intervención de los interesados, , no con su simple consulta según las formas y normas de la democracia política" (esto lo escribía en 1967, hace la friolera de 22 años). Efectivamente hemos pasado -o estamos tal vez pasando aún, bien sea que en los últimos estertores- por ese periodo desestructurante, y esas nuevas fuerzas sociales que ansiábamos se han hecho su lugar: en realidad nuevos sectores económicos, simple diversificación del riesgo inversor para las grandes compañías, y nuevo campo de batalla para el surgimiento de nuevos tiburones, nuevos ricos... Curiosamente, hoy ansiamos las aportaciones del Estado a la vida cotidiana, las exigimos: subvenciones, inversiones, obras.

¿Qué otra cosa piden los ideólogos de la S.C., sino hurtar al control del Estado -es decir, de las mayorías- cuántas áreas de la vida mejor... en beneficio siempre de las minorías poderosas? ¿Para qué un sistema de Seguridad Social si "la sociedad"puede organizarse por su cuenta... es decir pactando empleos sin SS con el chantaje del desempleo? En realidad, los ideólogos de la S.C. -que son parientes no consanguíneos de los privatizadores, y primos hermanos de los nuevos profetas del corporatismo- querrían retrotraernos al momento anterior al 'contrato social' que permitió, con el desarrollo del Estado moderno, la existencia de algo a lo que la mayoría más débil pudiese apelar frente a la presión de los poderosos. De lo malo, lo menos malo.

No es de extrañar que la cantinela de la S.C. no haya arraigado en España, sino en ciertas elíts antisocialistas -ojo, que no digo antipsoe- aburridas y alejadas del mundanal/popular ruido. En España la Sociedad Civil, cuando la dejan, dirime sus diferencias a golpe de navaja y pistolerismo ; y más allá, a golpazo de guerra civil, que siempre ganan los mismos para perjuicio de casi todos (y aún gracias que no se hace a golpe de guerra mundial como hacen otros, aunque todo se andará). De ahí que no haya habido casi ningún intelectual sólido en España que no haya abogado por un Estado fuerte. Ni ciudadano que desee otra cosa... salvo que su salvajismo, su poder económico o cualquier otra forma de cubrimiento de espaldas le permitan hacer su santa voluntad. Porque como decía Hume, "los hombres deben esforzarse en paliar lo que no pueden curar".

En cualquier caso, no deja de ser divertido. Porque, si bien los ideólogos de la S.C. son antimarxistas, la Sociedad Civil que nos proponen no es sino una utopía; realizable por supuesto, como todas utopías, pero sólo realizable dentro de los presupuestos del socialismo marxista: como plasmación social de la última fase de la transición hacia la desaparición del Estado. Pero me temo que no es de una Sociedad Civil sin clases de lo que nos hablan...

24 de abril de 1989, 1:17am


 POR UN PENSAMIENTO FUERTE

©Artemio Baigorri

(Febrero de 1989, publicado en los diarios EXTREMADURA y EL DÍA DE ARAGÓN)

 

Si el PSOE no existiese, habría que inventarlo. Los intelectuales españoles han encontrado en el partido en el Gobierno, después de seis largos años de Movimiento Nacional, la excusa perfecta para hurtar la autocrítica sobre la derrota de su propio pensamiento. Y ello se ha transmitido con tal finura a la sociedad, naturalmente con la anuencia y auxilio de los medios difusores al servicio de la Tranquilidad Social, que ya únicamente aquéllos ungidos por el espíritu de Cruzada que otorga la posesión del carnet de converso, o que pastan apaciblemente en el Gran Pesebre Nacional, se atreven a intervenir (soldada obliga) en defensa de lo que se llama "el partido de Felipe".

Tal parece como si el PSOE (empresa al fin, como cualquier otra, aplicada al mantenimiento de sus puestos de trabajo) fuese el culpable de los males no ya materiales sino incluso morales de la sociedad española, desde la Regencia de Espartero al horizonte del '92. Y ello aún cuando, se dice, la 'intelligentsia' del Partido tiene un nivel muy bajo de lo mismo. ¿Cómo es posible que las diez o quince cabezas del país que, a través de EL PAIS, modelan la ideología de las capas medias ilustradas y progresistas de la sociedad española, hayan sido vencidas por una pandilla de incompetentes informatizados?.

Porque lo que es muy cierto es que no hay Dios en España que exprese ideas o voluntades mucho más radicales, en lo social y lo político, que lo que puede encontrarse, salpicando las hojas, pongamos que en los textos base del Programa 2.000 (dejando a un lado 'boutades' como las defensas de ETA y otras mediocridades que, aquí y allá, dejan sueltas algunos, representantes 'a la violeta' de La Mente Debilizada más que del 'pensamiento débil'). Puede haber diferencias de criterio (que las hay, y profundas) sobre el importe de la factura que el Tercio Productivo y con poder de movilización pasa al Ejecutivo por los servicios prestados a la causa de la paz social. Hay diferentes discursos 'ideológicos' destinados a ocultar la enemistad personal o los enfrentamientos corporativos. Habría, incluso, modosas llamadas de atención fruto del ataque menos grave de mala conciencia que el intelectual de turno puede haber sufrido después de haber visto, entre copa y copa por las calles de Madrid, un auténtico pobre de pedir, o de haber girado una visita turística inesperada a las catacumbas de la miseria real. Pero, de verdad, de verdad, y aparte de esos curas (cada vez menos, como es lógico) que aún siguen creyendo que la Iglesia fue creada para proteger a los débiles, ¿quién clama en el desierto de papel cuché?.

Determinar las causas de este epifenómeno es harto difícil. Pero hay algunos elementos de reflexión curiosos, por más que nuestros prejuicios nos obliguen a cogerlos con pinzas. Por ejemplo, el hecho de que, en los últimos años (lustros ya) gran parte de pensamiento social que se viene consumiendo en Europa masivamente (desde el ecologismo al pacifismo, pasando por la defensa y protección de las minorías) proceda de los Estados Unidos. ¿Alguien se ha parado a analizar por qué (dejando a un lado la producción del Tercer Mundo) casi únicamente la creación artística (literaria, cinematográfica, aún televisiva) norteamericana introduce elementos más o menos claros de crítica social en sus obras? Curiosamente, uno de los pocos libros marxistas que ahora mismo circulan por las secciones de libros está escrito por un neoamericano, Noam Chomsky.

Podría hablarse de fenómenos que parecen repetirse en casi todos los Imperios en decadencia, desde el más antiguo conocido de Sumer: no está claro si como causa o efecto, parece que el pensamiento crítico arraiga con mayor facilidad en las Metrópolis imperiales en periodos de decadencia, generalmente importado de la periferia del sistema. Alguien muy astuto y provocador bien podría apresurarse a responder, y hallaría argumentos para ello, que en realidad siempre ha sido más crítico el pensamiento americano que el europeo. No creo que sea esa la razón, pero tampoco encuentro una respuesta clara.

Sí es bastante evidente, en cualquier caso, que el pensamiento europeo es históricamente dialéctico, y se ha desarrollado en un proceso de movimientos pendulares. Se pierde demasiado tiempo construyendo teorías capaces de constituir una perfecta antítesis que devenga en síntesis y etcétera, contra la ideología dominante en cada momento. En realidad llevamos dos o tres mil años dando la vuelta al pensamiento de la generación biólogica anterior. En América por el contrario se habría dado un desarrollo más lineal y acumulativo, que en cada momento ha atacado las raíces de los problemas allí donde los ha encontrado, sin preocuparse demasiado de si el análisis respondía a una visión global y absolutista del mundo, pero en cualquier caso sin retrocesos. Los intelectuales americanos (o americanizados) creo que son hijos de un realismo cuyo slogan hubiese podido ser "seamos idealistas; obtengamos todo lo posible", mientras que los europeos son padres e hijos del '68, de un idealismo cuyo slogan más sincrético fue aquélla reaccionaria frase que vociferaba "seamos realistas: pidamos lo imposible". Y como lo imposible no existe, y no nos dan (¿quién tendría que 'darla', acaso Dios?) la sociedad perfecta, seamos prácticos y apliquémonos a conseguir la vida perfecta, nuestra vida perfecta, la mía propia. Luego es fácil, cuando se dispone de las páginas de la prensa conformadora de opinión, construir nuevas ideologías que hablen del fin de las ideologías, de la vuelta de lo privado, del pensamiento débil y de la posmodernidad en cuyo reino, tal y como están las cosas, todo vale.

¿Quién va a ser capaz de denunciar, cuando tal estado de opinión ha sido conformado, que uno de los mejores sociólogos españoles se haya recluído, obsesionado por la seguridad, en una mala escuela universitaria, y aplicado fundamentalmente a acumular dinero y jóvenes adoradores que le alfombren el camino a la vejez?. ¿Quién puede criticar que uno de los más sólidos pilares del análisis social y político progresista se dedique a imaginar aventuras erótico-policiales para un macarra ilustrado? ¿Quién, desde su cómoda privacidad, puede tener argumentos para ridiculizar al pensador libertario y antisexista convertido en consejero por entregas de las parejas desilusionadas? ¿Quién, cuando todo vale, se atreverá a calificar como basura la producción intelectual de aquél que bajo excusa de mostrar las contradicciones de la sociedad simplemente se regodea en la descripción y propagación de lo que pudo llamarse un día abyecciones morales? ¿Acaso alguien señalará al agudo filósofo convertido en charlatán de salón regio y teletonta?. ¿Qué súbdito, en fin, se atreverá a decirle al rey del Pensamiento que su nuevo traje invisible a la moda es la nada bordada con la nada, que está desnudo?

Para evitarnos estos vomitivos de la razón tenemos un buen guiñol que casi a diario nos da motivos suficientes para ejercitarnos en arrojar nuestros dardos bajo cubierto: el PSOE, y lo que podríamos llamar una relación nominal (Felipe, Guerra, Boyer, Solchaga, Múgica...), como si las personas fuesen importantes en todo esto; naturalmente quedan a salvo los 'Albertos' ,'Conde' y toda la sarta de especuladores y explotadores, que trascienden a la sociedad misma tornándose en dioses de un Olimpo cuyos graciosos designios se aceptan acríticamente por inexcrutables.

Simplemente para justificar nuestras copas a 1.000 pts el cubata de garrafa, nuestros trapos malcosidos a la moda, vuestras vacaciones teledirigidas en Tahití y vuestras mansiones cada vez peor construídas, hemos destruído siglo y medio de pensamiento sólido, de Marx a Marcuse. Parece mentira que un autodenominado (bien que tardíamente, pues antes lo llamamos utopía, autonomía, privacidad, incluso libertad) pensamiento débil haya sido tan poderoso como para derruir el más sólido edificio ideológico y moral construído por la Humanidad al menos desde el surgimiento del Islam, si no desde el Cristianismo. Sin duda su demolición no hubiera sido posible sin la ayuda inestimable de otras no menos sólidas construcciones humanas: el capitalismo y la explotación del hombre por el hombre.

No pretendo (signo de los tiempos) llevar razón en todo cuanto digo. Sólo pretendo interrogarme, e interrogar a aquéllos que interrogan. Ni siquiera el poder omninodo de la dictadura franquista pudo evitar la construcción no sólo de esperanzas, sino incluso de instrumentos (materiales y morales) para transformar la sociedad. ¿Tan absoluto y kafkiano es el poder del PSOE como para impedir no ya la construcción de instrumentos para cambiar efectivamente la sociedad, sino incluso el surgimiento de un pensamiento fuerte capaz de levantar un edificio moral y de esperanza -osea ideológico- en el que acoger a los desposeídos de la esperanza? ¿O es que alcanzado nuestro humilde puesto en el concierto de los depredadores del Mundo acaso somos todos, en una complicidad criminal, quienes denunciando vanalidades callamos lo esencial?

Tal vez sencillamente, ahora sí, sea llegada la hora milenaria del reino del hombre unidimensional, aquél que no distingue entre lo que es y lo que debe ser. En este caso todos contentos; especialmente los dioses del Olimpo que, a su modo posmoderno, tienen mareada la perdiz de los mortales para robarle los huevos.


LO PUBLICO Y LO PRIVADO

©Artemio Baigorri

(Febrero, 1993. Publicado en EL PERIÓDICO de EXTREMADURA)

 

¡Menos mal que ganó Clinton!. Tras su victoria, los gurús que en los años '80 controlaron la ideología económica, con el apoyo del tandem Reagan/Thatcher, retornan a sus Universidades y despachos privados, a seguir acumulando privadamente dinero público (pues así es como hacen dinero los asesores y académicos que más predican las virtudes del mercado: rara vez obtienen sus encargos en concursos públicos). Si no gana Clinton, en España, como somos más papistas que el Papa, terminamos privatizando hasta el Ministerio de Defensa.

Los diezmados defensores de lo público se reagrupan y toman posiciones en Washington. Como suele ocurrir, los medios más sesudos de comunicación hacen sitio a los vencedores. Friedman y los monetaristas son ya un recuerdo desvaído. Vuelve Galbraith y la economía con sentimientos.

Ya se perciben los efectos en las lejanas provincias del Imperio. Los que ayer mismo proclamaban las bondades del mercado, como el más eficaz mecanismo asignador de recursos, los propagandistas de la privatización, comienzan a descubrir las virtudes de lo público. Pronto abundarán los seminarios, congresos, libros y libritos sobre el asunto. Hasta la derecha conservadora, que acababa de presentar un programa privatizador no ya de las empresas públicas, sino del propio aparato del Estado, cambia súbitamente el discurso y dice ahora que sólo quiere ahorrar, para poder hacer más inversión pública. El marketing electoral manda.

El problema es que en España no quedan teóricos, ni buenos gestores, de lo público. Los pocos que había tenían el estigma del franquismo y van desapareciendo. Los que hoy dirigen las corporaciones públicas son demasiado a menudo arribistas, que han utilizado (y a menudo destrozado) las ilusiones iniciales del partido en el Gobierno, para conseguir lo que por méritos personales no habrían logrado. No querían ser gestores de lo público, sino empresarios sin inversión y sin riesgo.

Quién sabe si gracias a los americanos vamos a poder conservar en España el poco sector público que nos queda. Pero habrá que desarrollar antes una definición de lo público y lo privado, que hoy no existe en este país. Una definición apropiada a la nueva sociedad emergente, que no puede ser ni el modelo norteamericano ni el modelo clásico europeo, y que difícilmente puede crearse cuando ni siquiera existen centros universitarios dedicados a la formación de Administradores públicos. Una definición en la que la competencia (la capacidad para ofertar el producto o servicio demandado con la mayor calidad y el menor coste, social y económico, directo e indirecto, posible), unida al interés común, deben jugar el papel que, en los años '80, se ha pretendido jugase el mercado (que no es ni mucho menos sinónimo de libre competencia).

5/2/93


RH-, o el Cromagnon revisitado

©Artemio Baigorri

(Febrero, 1993. Publicado en EL PERIÓDICO de EXTREMADURA)

De siete apellidos que me conozco, la mayoría son vasco-franceses. Tengo RH negativo, como mi padre y mi abuelo, y como ellos el cráneo "un poco más recto", al decir de Arzallus. Me asaltan oleadas de sentimientos cuando atravieso las montañas vascas, y en el hayedo milenario de Urbasa siempre me emociono. Me he criado en una familia de corte matriarcal. Estuve en jesuítas (se empeñaron en que aprendiese vasco, pero pronto lo olvidé). En la pubertad quise ser misionero, como Ignacio de Loyola. Y el Eusko Gudariak me pone carne de gallina. Aunque no me gusta el fútbol, y prefiero las reuniones con mujeres a las de hombres solos, pasaría una prueba de pureza étnica con mayor facilidad que buena parte de los carlistones dinamiteros de HB, o que sus abuelos y primos pijos del PNV.

Sin embargo, nací en un pueblo entre el Moncayo y el Ebro, alejado de Euskal Herria. Un pueblo hoy aragonés fronterizo con Navarra, y durante milenios fronterizo entre etnias, tribus, clanes y reinos. Allí nacieron mis padres, abuelos, y así hasta donde en mi familia se recuerda. Como nacieron los antecesores de tantos otros paisanos que llevan apellidos vascones más o menos castellanizados: Zaldívar, Cembrano, Larralde, Yoldi, Aristizábal, Espeleta, Gascón... Junto a ellos, en mi pueblo y quizás en mi persona, conviven en armonía costumbres y apellidos castellanos, aragoneses o navarros.

No estoy seguro de por qué aquellas familias, de origen vasco y de allende los Pirineos, arraigaron en mi pueblo. En la Reconquista, Alfonso el Batallador echó a los moros de las huertas del Ebro, ayudado por las huestes de pastores hambrientos del noble francés Gastón de Bearn. Hacia el siglo XVI, las hambrunas arrojaron a miles de familias de las montañas vascas a buscar el cocido en las tierras llanas del Ebro. Sea cual sea la explicación, la evidencia es que procedo, como la mayoría de mis paisanos, de una familia de inmigrantes, de maketos al revés.

Por mi aspecto, me han tomado por francés, por inglés, hasta por ruso, pero nunca por vasco. Por mi parte, no sabría distinguir a un vasco de un soriano o un riojano (las mujeres de Tafalla 'para arriba' me parecen menos atractivas que las de la Ribera del Ebro; pero no sabría decir si es una percepción meramente cultural, o si ya mis ancestros huyeron de las montañas buscando compañeras más hermosas que las de los caseríos). Me siento vagamente español, me declaro extremeño, y siempre perteneceré a las huertas bruscas, sensuales y liberales de La Ribera, como pregona mi acento. Y si en mi sangre hay mucho RH negativo, de esas tierras oscuras y violentas allende Urbasa, está mezclado con sangre castellana y aragonesa, tal vez incluso con gotas de sangre judía y mudéjar. Gracias a las mezclas el hombre de Cromagnon está cada vez más perdido y olvidado entre las espirales de mi ADN.

Sin embargo, por desgracia otros muchos han quedado, al parecer, atrapados por sus genes. Tal vez sean los descendientes de aquéllos que obligaron a mis ancestros a salir de sus montañas para poder comer. Temen incluso que puedan venir, de fuera, a perturbar el reinado de aquel mediohombre que no alcanzó a sustituir la garrota y el garrotazo por la dialéctica y el pacto. Sólo pueden darnos pena aquéllos que, como Xavier Arzallus, sienten orgullo por estar más cerca de un estadio inferior de la evolución humana.14-27/II/93


LA IDEA DE LA VIOLENCIA, LA VIOLENCIA DE LA IDEA

©Artemio Baigorri

(Marzo, 1993. Publicado en EL PERIÓDICO de EXTREMADURA)

Agnes Heller, ex-comunista y heredera del marxismo metafísico de Lukács, ha lanzado una hermosa frase, tardío broche de oro a la década del des-pensamiento: "Sólo las ideas hacen a la gente fanática". Para la Heller la maldad como violencia surge "cuando la razón actúa sobre la pasión". De alguna forma es lo que hace décadas sostenía el sociólogo alemán, americanizado, Lewis Coser: que las ideologías y los intelectuales vienen a ser la causa de los conflictos sociales. Parece un sino del ser alemán culpar a las ideas de los males del mundo.

Los liberal-totalitarios preveían que el hundimiento de los Estados del Este de Europa llevaría a una feliz Arcadia sin ideologías, sin conflictos sociales de esos que hacen la Historia. Todos ellos, como ahora la Heller y el conjunto de los débil-pensadores, han ignorado conscientemente uno de los grandes descubrimientos de Marx: "no es en absoluto la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia". Una ley social que, avant la lettre, estaba ya en el Hobbes que plantea el contrato social no como un fabuloso descubrimiento metafísico (a la manera roussoniana), sino como la inevitable consecuencia de la animalidad del ser humano, quien para evitar destruirse entre sí asume el recorte de buena parte de sus libertades, entregándolas al Estado, Leviatán cruel y despiadado pero a la vez muralla frente al caos.

La violencia está en la naturaleza humana, como los conflictos están en la estructura misma de las sociedades injustas que hemos construído. Las ideas y las ideologías constituyen justamente un intento de canalizar la resolución de los conflictos por una vía incruenta en el, por razones funcionales, estrecho campo de juego que permite el Leviatán. El fanatismo surge cuando las ideas son incapaces de hallar el punto de encuentro superador de los conflictos; no está en las ideas, sino en su incapacidad espacio-temporal para responder a las expectativas.

No fueron las ideas las causantes de las grandes hecatombes de los años '30, sino el estrecho margen de maniobra que dejaban una sociedad y una economía devastadas tras una década de especulación y latrocinio. Como no son las ideologías las que están en la base de los principales conflictos que, ahora mismo, aterran al mundo. Cuando no hay ideas (y aún ideologías), cuando la razón no funciona, se abre la espita de la pasión. Por inteligentes que sean las maldades, no otra cosa es la maldad que la pura sinrazón. Sin las ideas y las ideologías no seríamos nada, porque la especie humana es tal vez la única capaz, en el estado de naturaleza, de autodestruirse por completo.24.II-5.III.93


LA AMBICION DEL CESAR FRANCES

©Artemio Baigorri

(Julio, 1993, publicado en el diario EXTREMADURA)

 

Me da pena Mitterand, al que he admirado, porque sus últimos años, tras una vida de dedicación a sí mismo, al Estado y al socialismo, van a estar sin duda cargados de amargura.

Su gran sueño, la presidencia de Francia, acaba en pesadilla. Mal soportado por una derecha que ha llegado al Gobierno con la mayoría más absoluta, y criticado desde la izquierda (incluyendo a su partido) por su soberbia y su insaciable ansia de sillón.

Su gran obra, la unificación de los socialistas franceses, amenaza ruina. En los Estados Generales, que más que refundación son confesión, arrepentimiento y penitencia del PSF, la mención de su nombre provocó un gélido silencio. Sólo una petición expresa de Mauroy, el fiel Mauroy que ya en 1971 le allanó el camino en Epinay-sur-Seine, consiguió arrancar un escuálido aplauso. Lo que era un partido joven, ideológicamente rico, capaz de aglutinar poco a poco a toda la izquierda francesa, quedó reducido a marioneta en manos de las pesadillas, caprichos y obsesiones de quien siempre creyó haber llegado al palacio presidencial sin más ayuda que sus propios méritos. El debate ideológico quedó sustituído por el clientelismo y el delfinato. No hay dedos para contar el número de ambiciosos que en algún momento fueron tocados con la varita mágica de la sucesión, pero ninguno de ellos tiene hoy prisa en recoger la pesada herencia.

Mauroy, de nuevo maestro de ceremonias, no extiende hoy la alfombra a los pies de Mitterand, como en el Congreso de Epinay-sur-Seine, sino de Michel Rocard, el otro, el querido enemigo desde hace décadas. Es insustancial saber quién está a la izquierda de quién, porque cuando uno se aferra al Poder todos quedan a su izquierda.

Aunque quienes simpatizamos con el socialismo democrático tenemos esperanzas en la recuperación del PSF, habrá que ver si Rocard ha aprendido la gran lección: en democracia sobran los césares, los dioses, los seres providenciales. Será complicado, porque empezó por presentarse a sí mismo como salvador, con el big-bang como Santo Grial. Pero si quiere sobrevivir deber aprender que la contienda democrática no es lucha de titanes, duelo al sol en el Olimpo, sino contraste de ideas, programas, capacidades de organización. Contraste en suma de intereses, que a veces se ven obligados a la conciliación. Pretender representarlos a todos simultneamente como un dios, como un padre, es enfermizo. La enfermedad, social, se llama organicismo, degenera en democracia orgánica, y tiene muy mal pronóstico. Habría que enseñarlo en las escuelas.


ESTRATEGIAS FATALES

Cayo Larralde

(Junio, 1995. Al final no lo publiqué, pues me pareció excesivamente metafísico)

El mal no existe. La historia no existe. La voluntad no existe. El conocimiento no existe -a lo sumo el sistema de pesos y medidas, muy útil para el intercambio de mercancías. La moral no existe. El mundo es como es, y además no nos importa si estamos cómodos.

Ha sido el denominado poder socialista quien ha extendido esta especie de filosofae consolatio -no para consolarse en la cárcel, como Boecio, sino para consolarse en el chalé-, también en España, con la ayuda de un saco de quincalleros de la sociología y de filósofos débiles -o réptiles-; porque al fin al cabo, como uno de sus papas reconoce, "la verdad no hace más que complicar las cosas"(Baudrillard). Han opuesto"la vida cotidiana a la vida guiada por el pensamiento" (respuesta de Finkielkraut), porque la vida cotidiana es el reino del mercado, del valor de cambio. Y la sociedad civil -la lucha por la vida, 'el que más chufle, capador', dicen en mi pueblo- frente al Estado -la lucha por la igualdad, por la justicia iluminada por la razón, aún con todos sus monstruos-. ¡Algunos estamos cansados de decirlo, agotados de sufrirlo! El felipismo, enfermedad juvenil de la socialdemocracia en el poder.

Lo sabemos desde hace setenta años: es La trahison des clercs (Benda) que alumbra el surgimiento de nuevas eras en las que no hay más razón que la de la fuerza -la fuerza bruta, la fuerza del dinero, la fuerza del ranking de ventas. Así que ahora algunos de quienes votaron lo que votaron se asustan del sturm und drum de las banderas cubriendo el cielo de Génova-siempre las banderas. No; no es el miedo al prietas las filas -aunque también un poquito-, sino el temor a la consumación del despensamiento, del mercado mercado como razón pura.

Pero es el destino: y ahora todos se borran apresuradamente del psoecialismo. Todos los que han chupado del bote hasta vaciarlo, ebrios de fama, intentan cambiarse hasta de generación. Los menos (¿Touraine, por ejemplo?) se arrepienten, pero es demasiado tarde, y sin duda el gran profeta Pedro Almodóvar habrá pontificado ya que el arrepentimiento es pecado, además de patético y digno de risión y oprobio. ¿Qué podemos recoger de toda esta mierda?.

¿Cómo entender sin ese sufrimiento el acto consumado, como corresponde a la política-espectáculo propia de los tiempos que corren, ante las cámaras, para las cámaras?. ¿Cómo entender sin todo ese sustrato orgánico el tajo asestado, ya definitivamente, a cualquier posibilidad de reconstrucción de la historia?.Todo se ha consumado, y ya todo es inútil, porque creemos en casi todas las cosas menos en la resurección de la carne.

Había que verlo desde la metafísica. No cabe el análisis político. No cabe decir que se ha cometido un acto contra natura, legitimando a quien hace de los parlamentos, allí donde gobierna, no un rodillo, sino mucho más allá, un humilladero. No cabe decir que su papel en el sistema político es el de intentar aplicar las medidas programáticas que el electorado le ha encomendado. Ese electorado que en otros ámbitos ha castigado ese mismo comportamiento, ese electorado que exige en las encuestas lo que no están cumpliendo sus elegidos. ¿Qué narices importa el electorado, cuando se dispone de unas bases que votan lo que haga falta, democracia directa, asamblea, extasis del carisma que ordena en silencio, la frente altiva hacia el universo total?.

Se ha hecho lo que se ha podido. Por activa y por pasiva. Pero seguramente los postmodernos tienen razón, y hay unas estrategias fatales que se superponen al azar y al pretendido poder de la razón. En mi pueblo tenían una explicación, una sola frase que ahorraría todo Vattimo, todo Baudrillard, todo Wittgenstein: estaba de pasar.

Posdata: Por más que lo intenten la Historia no termina. Sólo se hace más difícil. La Historia la hacen las personas, y las personas que deben hacerla, alumbradas por la razón, deberán tener ahora más entereza.Quienes estaban instalados en una cómoda posición deben hacerla ahora embarcados en el barco del azar, la duda, la prueba y error. Deben arriesgarse, aquí, y allí. Así andamos cada día los mortales.


SER DE IZQUIERDAS (EN EXTREMADURA, POR EJEMPLO)

©Artemio Baigorri

(Mayo, 1995. No guardo recorte, puede que no lo publicase. Si lo hice sería en EL PERIÓDICO DE EXTREMADURA)

 

Siempre me he definido, privada y públicamente, de izquierdas. Al no ir acompañada de una adjetivación partidaria complementaria, es, lo reconozco, una definición poco concreta, que tiene sus pros y sus contras.

La principal ventaja, sin duda, es la de que te permite evolucionar, madurar, y sobretodo colaborar por igual en un momento dado con todas aquellas fuerzas de progreso que persiguen una mayor libertad y una creciente igualdad entre las gentes; por otra parte, el sentimiento de independencia es en ocasiones muy gozoso. Y, cuando al amor a la libertad y la igualdad, unes la pasión por el conocimiento de la realidad social, lo tienes más fácil para evitar el sesgo ideológico.

En cuanto a las desventajas, son desde luego superiores. Empezando por el largo paréntesis de soledad que abrí cuando a principios de 1976 opté por no recoger el carnet que un partido hoy muy poderoso, pero entonces minúsculo, había extendido a mi nombre; una soledad muy dura en ocasiones, hasta el punto de que cada tres o cuatro años debo superar una leve infección de gregarismo. Y junto a la soledad está el desprecio y la marginación que, por parte de los sectarios, hay que sufrir, especialmente en momentos de excitación gregaria: nadie se fia de los independientes; a lo sumo son compañeros de viaje, tontos útiles, como se decía cuando estaba de moda la terminología leninista. Además, está la incomodidad de tener que defender, frente a terceros, no a mi partido, sino a todos los que representan en mayor o menor medida los ideales de izquierda, mientras que el militante sólo debe esforzarse en defender sus siglas, pues todas las demás entran en el mismo saco. Pero lo más duro de todo es que hay que soportar el que permanentemente se nos equipare a los que se autodenominan apolíticos, individuos egoístas que, con un sustrato ideológico de derechas, no adquieren compromiso alguno pero siempre se benefician de los compromisos ajenos.

Mal que bien, con mayor o menor compromiso personal, con desigual intensidad en las biografías políticas, estoy seguro de que estas sensaciones acompañan a muchos miles de ciudadanos que, de elección en elección, venimos contribuyendo a mantener opciones políticas de progreso social, codo a codo con quienes lo hacen desde el compromiso -y el paraguas- partidario. Unos expresamos tales sensaciones públicamente, casi con impudicia, y otros simplemente lo hacen en el bar, junto a los amigos o simplemente con su pareja.

Esas gentes coincidimos por igual con los militantes de casi todos los partidos de izquierda en una serie de puntos de encuentro. El más importante, sin duda, es el de considerar a todos los hombres radicalmente iguales, frente a quienes piensan que cualquier especie de desigualdad en origen debe ser asumida como natural.

De lo que se sigue la necesidad de un Estado fuerte, como instrumento para la progresiva igualación, y sobre todo para defender entre tanto a los débiles de los poderosos, frente a quienes piensan que es mejor un Estado débil, y que hay que dejar que la sociedad civil -o lo que es lo mismo, la ley de la selva-regule 'libremente' las relaciones entre las gentes.

Y, como consecuencia de todo ello, una preferencia por extender lo que Dahrendorf denomina las titularidades -esto es, la dotación de capacidades a los ciudadanos para aumentar sus oportunidades vitales-, frente a quienes pretender el crecimiento de las meras provisiones -esto es, el crecimiento por el crecimiento-. El último punto de acuerdo sería el temor a que la llegada de la derecha suponga -como así ha ocurrido en tantos países- una involución en los derechos sociales de los ciudadanos más débiles, e incluso una involución hacia formas más caciquiles de administración y gobierno.

Creo que esos mínimos puntos de encuentro podemos encontrarlos por igual en los dos partidos políticos que se predican de izquierdas en esta región.

Si uno arrastra la carga de doce años de poder -algunos de poder absoluto-, con toda la mierda que se pega en el camino, no es menos cierto que aporta una capacidad reformista como nunca fuerza política alguna ha sido capaz de desplegar en España. Con la particularidad de que los socialistas extremeños constituyen, de hecho, la única esperanza de restauración -y desliberalización- del socialismo democrático en España, por lo que la carga semántica de estas elecciones es mucho más amplia que la que les otorga su condición de autonómicas o municipales.

Si el otro no termina de definirse en términos ideológicos y estratégicos -y las tácticas no son desde luego muy alentadoras en algunos ámbitos-, no cabe duda de que cumple fielmente su papel de primer filtro político de las nuevas demandas sociales, y como no ha tocado poder -salvo anécdotas municipales- no le ha sido inoculado todavía por los arribistas el virus de la auténtica enfermedad de nuestro tiempo: la corrupción.

El concepto de la caverna viene siendo utilizado tradicionalmente como un sonoro descriptivo de una cierta derecha negra y mamporrera. Sin embargo, cabría sin embargo utilizarlo también, siquiera en términos analíticos, respecto de cierta izquierda que cuenta con una larga tradición, y que renace con fuerza cada vez que se produce una de nuestras cíclicas crisis de identidad.

Ciertamente que, tanto en la derecha como en la izquierda, todos tenemos nuestros guardianes del tarro de las esencias. En nuestro caso, se trata de esa izquierda sectaria que, como el prisionero de Platón, permanece arrinconada en su caverna, interpretando la realidad por las sombras deformadas que, desde su agujero, le es posible observar. Una izquierda hacia la que las gentes de bien que creemos en el progreso social, la igualdad y la libertad, sentimos un rechazo visceral, por lo que tiene de totalitaria y anatematizadora, en su platonismo radical, y porque contribuyó en una medida importante a que este país, como el conjunto de la población progresista europea, se cansase del discurso de la izquierda. Una izquierda que suele partir del axioma de que la idea de progreso social sólo puede surgir en las mentes de una minoría, considerando a las mayorías como tontos útiles en manos de qué sé yo que astutos manejadores de conciencias. Una izquierda judeocristiana, en ese sentido de uncidos, de pueblo elegido, y que ha causado siempre más daño que beneficio al desarrollo tanto de la idea como de la manifestación del progreso social. Una izquierda, en fin, y por hablar en términos apropiados, que ni por su origen social, ni por su ubicación real en la estructura de clases, ni a menudo por su praxis personal, podría considerarse a menudo como izquierda una vez despojada de su verborrea.

Precisamente Izquierda Unida ha sufrido, durante años, el acoso de esta izquierda de la caverna, pero ha conseguido superar las zancadillas, acercándose mucho a lo que sería el tipo ideal -en términos weberianos- de fuerza a la vez radical y profundamente democrática. Especialmente el hecho de no haber tocado poder -salvo anécdotas municipales- le ha salvado de la corrupción -la enfermendad de nuestro tiempo-, y le ha permitido ir arrancando al PSOE girones de hegemonía.

Sin embargo, hay en Izquierda Unida una cierta incapacidad para asumir su rol, que tiene mucho que ver con la conciencia moral, y que incluye la tarea de ser un primer filtro que incorpore las nuevas demandas sociales a la corriente general de la izquierda. La humana ambición de tocar poder creo que tiene mucho que ver con estas nuevas posiciones. Pero la consecuencia es que las últimas manifestaciones de algunos de sus líderes están rozando ya el discurso de esa izquierda de la caverna que tanto daño ha causado. Observo con preocupación un salto cualitativo, que lleva de la crítica de las acciones de gobierno del partido hoy hegemónico en la izquierda -el Partido Socialista- a la descalificación no ya política, sino incluso moral, de quienes, en la mayor parte de los casos de forma honesta, apoyan con su voto a este partido.

Por supuesto que tenemos la evidencia de que en el PSOE han recalado, a lo largo de los últimos diez o doce años, personajes que ni por sus ideas declaradas, ni por su origen social, ni mucho menos por su comportamiento socioeconómico y cultural pueden considerarse de izquierdas. Sin duda la presencia de ese colectivo (más amplio de lo que se quiere reconocer en el propio PSOE) ha llevado al partido socialista a adquirir determinados tics repelidos por el conjunto de gentes progresistas, muchos de sus militantes incluídos. En la etapa del rodillo totalitario, supuso además la pérdida -por abandono o cruel expulsión- de muchas personas tremendamente válidas; no me refiero, por supuesto, a quienes tras años de sillón se han apresurado a huir de la quema, sino a quienes intentaron oponerse, tempranamente, a la marea neoliberal.

Pero, con las debidas escalas y proporciones, podríamos decir algo parecido de Izquierda Unida: aquí los arribistas no han llegado tanto al abrigo de un Poder que la coalición no tiene, pero sí en muchos casos a la búsqueda de un puesto bajo el sol tras sus luchas, más personalistas que políticas, en mil grupúsculos. Y sinceramente pienso que, de haber alcanzado el gobierno, también a IU hubiesen acudido numerosos chorizos al olor de la miel, y de hecho estoy seguro de que ya les están llegando algunos arribistas.

En cualquier caso, ni tales hechos, ni cuales presunciones, invalidan a mi juicio el carácter de partidos de izquierda (de carácter reformista en el caso del PSOE, y aún no sabemos si de carácter reformista o revolucionario en el caso de IU) de ambas formaciones políticas. En cuanto a la probabilidad estadística de encontrar un chorizo en sus filas, hoy sabemos que depende, para todas las fuerzas políticas del mundo -aunque ignoro si los politólogos me aceptarán este enunciado como ley universal-, no de sus componentes ideológicos intrínsecos, ni siquiera de su masa -medible en número de militantes, o de votos-, sino más bien de la correlación entre su posición relativa respecto de los centros de poder político y económico, y el clima moral -marcado en último término por los intelectuales y los creadores de opinión- de la nación.

Por todo ello, y del mismo modo que no creo que puedan aceptarse afirmaciones de que votar a IU es votar a la derecha, no es de recibo la acusación de la similitud PSOE=PP, y mucho menos en los tonos apocalípticos con que la expresa, en su levitación acelerada, Julio Anguita.

No ocurre así al menos en Extremadura, donde -se mire como se mire- se ha dado una transformación casi revolucionaria en los últimos años. Ciertamente que quizás no tanto -por utilizar la terminología de Dahrendorf- en las provisiones, pero sí desde luego en las titularidades, es decir en la dotación de capacidades a los ciudadanos para aumentar sus oportunidades vitales. Con graves errores, desde luego, pero también con grandes aciertos, y no es desde luego el menos importante el de haber conseguido que, al menos entre las personas inteligentes de este país, Extremadura sea ya ubicable en el mapa, no sólo físico sino también político de España.

Es gracias a esa profunda transformación que esta región -aunque algunos, sobre todo desde la derecha, pero también desde la izquierda de la caverna, sigan hablando torpemente del voto cautivo del PER- se encuentra hoy en una situación política tan diferente de la del conjunto nacional. Aquí el PSOE, con todos sus fallos, sigue siendo un partido fuerte y estable (de hecho, no hay manera de que las ratas abandonen el barco), y es hoy por hoy el único partido de izquierdas (porque a pesar de lo que algunos del propio PSOE quisieran, sigue siendo un partido progresista de izquierda) con capacidad para ganar unas elecciones. Hasta el punto de que sin duda ganará las próximas, y, aunque algunos catetos aún se lo tomen a chufla, intuyo que la restauración del socialismo reformista y democrático como fuerza hegemónica de la izquierda se iniciará en esta comunidad periférica y rural, del mismo modo que la de la derecha se inició en Galicia.

Probablemente en unos cuantos municipios importantes de la región el PSOE necesitará del concierto de IU para obtener el gobierno. Y pienso, sinceramente, que será bueno, para ambas fuerzas políticas y para los pueblos y ciudades donde ocurra, como lo fueron en su día la mayoría de las experiencias de colaboración tras las primeras elecciones municipales democráticas -el que sólo el PSOE obtuviese beneficio político de aquella operación, como se lamentan hoy algunos IU, dependió no de los socialistas, sino del proceso interno de descomposición en el que entró el PC-. Mas si el discurso cavernoso de descalificación sistemática del PSOE cala no ya entre los electores genéricos de izquierda -que no pienso que cale mucho-, sino entre los propios electores y militantes de IU, la gobernabilidad de esos Ayuntamientos va a ser muy difícil, si no imposible. Y, efectivamente, quien únicamente obtendrá beneficio político de todo ello será la derecha, que es el enemigo del PSOE y debería ser el enemigo de IU, y que definitivamente arrasará en las próximas elecciones generales.

Desisto de esperar no ya un Frente Popular, siquiera esa Gran Entente de las izquierdas por la que he clamado en otras ocasiones. Quizás sea realmente un vano sueño, una consolación filosófica, tal vez incluso una autojustificación de quienes nos resistimos a la disciplina de unas siglas. Pero me niego a asumir, siquiera en términos racionales, la imposibilidad del respeto entre quienes, con diferentes estrategias e incluso objetivos últimos, comparten sin embargo la creencia en que las únicas diferencias admisibles entre los hombres son las que deriven de los propios méritos, desarrollados a partir de una radical igualdad de posibilidades.

En tiempos de mudanza es especialmente difícil mantener el tipo, pero es entonces justamente cuando se hace particularmente necesario mantenerlo. En tiempos de mudanza el sectarismo se agudiza en una borrachera de descalificaciones, mientras que los expertos en la supervivencia personal callan tácticamente, oteando el horizonte a la espera de ver asomar la cabeza del caballo ganador. ¿Qué hacer entonces?. Pues sin duda seguir, más que nunca, el consejo del filósofo: Sé tú mismo.

Pero ser uno mismo se hace crecientemente difícil en la izquierda, en estos tiempos, y particularmente en este país. Siempre lo ha sido, antes y después del bendito óbito. Pero más aún cuando parece que la izquierda se derrumba, incapaz de detener el ímpetu juvenil con el que atacan las huestes de la derecha (por supuesto que con la ayuda de un fenómeno que los sociólogos sabemos consustancial a los prolegómenos de toda revolución: la trahison des clercs). Pero hay que seguir siendo uno mismo, y sobre todo decir lo que se piensa.


 LA ELECCIÓN RACIONAL... ES SÓLO UNA DE LAS POSIBLES

©Artemio Baigorri

(Mayo, 1995, creo que publicado en el diario EL PERIÓDICO DE EXTREMADURA)

 

De forma sistemática, en cada nueva contienda electoral , un par de docenas de cabezas de huevo, personajes generalmente bien establecidos -antes, ahora y mañana- dedican sus esfuerzos literarios a recriminar a quienes utilizan la memoria histórica, o a quienes con más o menos salero lanzan dardos supuestamente envenenados a sus contendientes, en suma a quienes auténticamente hacen de la campaña electoral una contienda. Querría esta gente bien establecida que las elecciones fuesen como un acto mercantil más, una anécdota casi intrascendente en la que los ciudadanos, pertrechados de racionalidad, adquieran con sus votos la oferta que mejor responda a sus interesados cálculos. La oferta, naturalmente, la harían los distintos partidos y candidatos, exponiendo friamente, con exquisitas gráficas e insulso parlamento, su proyecto. Suelen ser justamente quienes más a menudo acusan a los políticos de profesionalizarse quienes querrían que las elecciones fuesen un mero acto mercantil, basado en el paradigma de la elección racional.

El paradigma de la elección racional, que hunde sus raíces por igual en la economía clásica y el darwinismo, se ha extendido en los últimos años sobre las ciencias sociales, al amparo de la marea neoliberal. Según este presupuesto, los individuos (pues dicho paradigma implica un radical individualismo metodológico, por el que lo social, lo societario, no tiene entidad en sí mismo, al ser un mero agregado) vendríamos a definir una especie de estrategias vitales, afinados cálculos orientados a la maximización de nuestras espectivativas. Y a partir de aquí toda nuestra biografía no sería sino un proceso inacabable de elecciones racionales tendentes a satisfacer nuestro gen egoísta. En cuanto al proceso social, vendría a ser el mero resultado de la agregación de nuestras acciones-elecciones individuales.

Como todo paradigma científico, pienso que el de la elección racional es útil para el conocimiento de ciertos procesos sociales, siempre que se utilice con precaución. Como el vino, cuyo consumo puede proceder de una elección racional, pero puede poner en marcha una tortuosa conducta irracional; o como las analogías biologistas, que pueden constituir también una buena elección racional para la modelización de los sistemas, pero que apuntan al fascismo irracional, puro y duro, cuando se abusa de ellas con intenciones ideológicas.

Pero es curiosamente en aquellos actos vitales en los que con más propiedad utilizamos el término elección -esto es, en el proceso electoral político-, en donde con más nitidez se percibe la insuficiencia de estos presupuestos. Este acto secreto -tenemos menos pudor en revelar nuestras creencias religiosas, incluso nuestras inclinaciones sexuales, que en revelar el sentido de nuestro voto- responde a menudo a cualquier cosa, menos a una elección racional. Y la mejor prueba de ello es que demasiado a menudo son los partidos que representan los intereses de quienes son minoría -los poderosos- quienes obtienen la mayoría.

La explicación, como casi todo, está en los clásicos. Weber apuntaba cuatro tipos de orientaciones de la acción social, en términos generales: a) una orientación racional tendente a satisfacer fines individuales, que podríamos asimilar al concepto de elección racional tal y como se la considera en las ciencias sociales y económicas; b) una orientación, también racional, tendente al logro de valores absolutos -de base ética, estética, religiosa o de cualesquiera otras creencias- con independencia de los beneficios personales que de su éxito puedan derivarse; c) una orientación afectiva, básicamente emocional, determinada por los afectos y estados de ánimo del actor; y d) una orientación tradicional, fijada por el hábito o el sometimiento a las costumbres. No me cabe duda alguna de que, en el comportamiento político de los ciudadanos -desde luego el ciudadano constituye una categoría social distinta de la del individuo- podemos encontrar muy repartidas esas cuatro orientaciones básicas que proponía Weber para la acción social en general.

De ahí la extrema dificultad del mensaje político, y la amplitud semántica de la conducta electoral, que es mucho más que la espuma del sistema social: es la prueba del siete del orden en libertad. Cuando algunos nos lamentamos del estruendo electoral, otros de lo aburrido de los debates, otros de las constantes apelaciones a la memoria histórica, olvidamos que el mensaje debe atender, simultáneamente, a orientaciones de la acción muy distintas. Debe convencer a la vez a quien únicamente piensa en cómo le repercutirá en su bolsillo el resultado electoral; a quien lo hace guiado por sus creencias -racionales- en una ideología, en contra incluso de sus intereses materiales individuales; a quien sencillamente está asqueado de su mala suerte, o de la excesiva buena suerte de algunos otros; y a quien no hace sino repetir ciegamente la elección política que sus antecesores le enseñaron.

Es posible que el progreso social vaya, ciertamente, en una línea de creciente racionalidad. Es probable que las elecciones terminen siendo un mero contrato mercantil, como ya lo son hoy desde el matrimonio y la procreación a tantos otros actos humanos que suponíamos fruto de las pasiones. Pero, hoy por hoy, y creo que afortunadamente, la mayoría de los ciudadanos todavía ponemos en juego algo más que un frío cálculo de intereses -desde la mala leche acumulada al miedo de lo que recordamos- al depositar nuestra papeleta. Por supuesto que asumiendo el riesgo -como siempre que los elementos racionales y los irracionales se mezclan en nuestras decisiones- de equivocarnos.


Info-ricos e info-pobres

Navegando sin remos sobre la cresta de la ola

©Artemio Baigorri

(Septiembre 1998, publicado en el diario HOY)

 

La fractura fundamental de las sociedades ricas avanzadas ya no viene determinada únicamente por el acceso a la propiedad de los medios de producción, ni siquiera por el factor de división en grupos de estatus determinado por las diferencias en el consumo. El acceso a la Información, y a través de ella al conocimiento, condiciona hoy en mayor medida la división y la estratificación social. De ahí que hoy hablemos, también, de inforicos e infopobres como categorías sociológicas reales.

No debemos olvidar, cuando hablamos de la Internet como instrumento de la globalización, que la red, si bien permite el acceso a parte de los bienes informativos desde cualquier punto del planeta, sea urbano o rural, esté situado en un país rico o en una lejana región de un país en desarrollo, precisa de un elemento fundamental: la infraestructura de las telecomunicaciones. Hoy por hoy, más del 50% de las terminales Internet están en Norteamérica, en torno a un 20% en Europa occidental, sobre un 25% en el conjunto de Asia, y el resto del planeta se reparte apenas un 5%. De los 35,5 millones de puestos registrados en Internet en enero de 1998, en Vietnam, Zaire, Sudán, Ruanda, Somalia o Haití no había ninguno; en Uganda, Túnez, Cuba, Camboya, Etiopía, Albania, Nigeria o Túnez había menos de 100; en el Reino Unido había 1,2 millones.

Ni siquiera en los países centrales del sistema mundo podemos hablar de un acceso igualitario a estos nuevos bienes de producción, conocimiento, consumo y en suma poder,. En los Estados Unidos, mientras el 66% de los hogares urbanos de clase media y alta poseen ordenador, entre los hogares pobres de las zonas rurales sólo el,4,5% los poseen.

En nuestro país las diferencias no son menos abismales. Una encuesta que acabamos de hacer a los universitarios extremeños (que no olvidemos, todavía proceden fundamentalmente de las clases media y alta de la región) nos muestra las diferencias en el acceso a las infraestructuras de la Sociedad de la Información en función de los ingresos familiares: si entre los estudiantes cuyas familias ingresan al mes más de 400.000 pesetas el porcentaje de los que poseen al menos un ordenador en casa alcanza el 72%, entre aquellos cuyas familias ingresan de 300 a 400.000 el porcentaje de los que poseen ordenador se reduce a un 69%; entre aquellos cuyas familias ingresan menos de 200.000 este porcentaje se reduce a un 50%.

Las diferencias son también abrumadoras en el acceso a Internet: mientras entre los estudiantes cuyas familias poseen mayores ingresos el porcentaje de los que pueden acceder Internet es de un 49%, entre los que obtienen los menores ingresos este porcentaje se reduce a un 28%.

Los datos conocidos a nivel nacional corroboran esta estructura, como se observa en el más reciente EGM: mientras casi un 29% de la población de clase alta (un 32% en el caso de la clase media-media, más ilustrada) tiene acceso a Internet en España, el porcentaje se reduce a un 9% para la población de clase media-baja, y a menos de un 3% para la de clase baja. Así como se manifiestan graves diferencias territoriales: en torno a un 12% de la población navarra o catalana tiene acceso, mientras en Extremadura este porcentaje se reduce a un 3,3% (aún es más bajo en Castilla La Mancha, con un 2,3%). Mientras la población extremeña supone algo más de un 3% de la población española, los 'conectados' extremeños (unos 29.000) suponen apenas un 1,2% del total nacional. Estos son los hechos.

Estas diferencias las percibimos a veces de forma sangrante los profesores universitarios cuando intentamos que nuestros alumnos trabajen haciendo un uso intensivo de estas nuevas tecnologías, habida cuenta de la insuficiencia manifiesta de las aulas de informática de nuestras facultades. Uno siente que aún no estamos donde deberíamos estar cuando un alumno pregunta si puede entregar su trabajo manuscrito (el fomento del trabajo en equipo ayuda, aunque no siempre, a superar estas limitaciones).

Naturalmente, no debe mitificarse la nueva Sociedad de la Información. Como no debe mitificarse Internet: la potencia no está en lo que puede obtenerse de la red, sino en lo que se puede introducir, y sobre todo en la administración de esas informaciones. Si no existe un desarrollo tecnológico, científico, incluso ideológico -la red es también un instrumento esencial para la difusión de nuevas ideas y formas pensamiento, en suma ideologías-, de poco sirve estar conectado a ella. Pero si no se está conectado, y alternativamente tampoco se dispone de medios suficientes para estar a la última en publicaciones científicas -y eso es hoy por hoy una realidad en buena parte de las universidades españolas- uno se queda descolgado del Progreso. La Internet no es efectivamente la Sociedad de Información, sino más bien sólo uno de sus epifenómenos. Pero el acceso a la misma es fundamental para el desarrollo.

Por ello, la apuesta, por ahora formal, de nuestro gobierno regional por esta cuestión me parece incuestionable. De hecho, no ha dejado de sorprenderme que Ibarra, siempre con tan buen olfato para la dirección de los vientos del mundo, haya tardado casi dos legislaturas en darse cuenta de la importancia de la informática y todo lo que su entorno conlleva -también es cierto que el fiasco del Dragon debió quitar las ganas a cualquiera-. Y los ataques que algunos grupos políticos han lanzado contra la misma son sencillamente ridículos.

Pero, a la vista de la política del gobierno central en cuanto a las telecomunicaciones, hay una cierta lógica en esos ataques al discurso telemático de Ibarra. Pues los esfuerzos que los ciudadanos están haciendo por incorporarse a la Sociedad de la Información están siendo torpedeados sistemáticamente desde Madrid. La reciente reestructuración de las tarifas de Telefónica -monopolio de hecho en el acceso ciudadano a Internet- supone la profundización de esa fractura social a que hacíamos referencia: a las dificultades culturales, pero sobre todo económicas que las clases bajas tienen para hacerse con un equipo informático capaz de conectarse a Internet con cierta holgura (lo cual supone no menos de doscientas mil pesetas), y al coste todavía excesivo de las conexiones a través de servidores, se une ahora el coste brutal de las llamadas locales. Sin olvidar la escasez de inversiones en ampliación, mejora y modernización de las redes.

Sobre lo dicho podemos afirmar que si importante es la subsidiación de sistemas tradicionales de transporte y comunicaciones, como el ferrocarril o el transporte aéreo, no lo es menos hoy en día la dotación a la ciudadanía de un acceso fácil y económico a las tópicamente denominadas autopistas de la información. Y en este sentido, creo que la política regional a corto plazo en esta materia debería encaminarse en cuatro direcciones fundamentalmente:

1) Potenciación de la calidad en la enseñanza y la investigación en los centros universitarios orientados directa o indirectamente al desarrollo de las tecnologías de la información.

2) Una política de grandes convenios con las compañías telefónicas, tanto para una adecuada dotación de las llamadas autopistas de información en nuestra región, como para una política, durante varios años, de tarifas planas subvencionadas en el acceso a Internet (estos convenios con las compañías telefónicas deberían incluir la ruptura de la frontera: paradójicamente es el teléfono, uno de los símbolos de la globalización, el único elemento físico y claramente marcado que sigue mostrándonos la existencia de una frontera entre Extremadura y Portugal).

3) Creación en todos los pueblos y los barrios de las ciudades de nuestra región de lo que podríamos denominar infotecas. Las infotecas no son otra cosa que centros públicos dotados de numerosos ordenadores conectados a Internet, en los que los estudiantes de cualquier edad capaces de manejarlos y que no cuentan con medios económicos para tener uno propio podrían trabajar en y sobre la red. La iniciativa privada, en las grandes ciudades, ha respondido a esta demanda mediante la creación de los denominados cibercafés; pero obviamente esto no resuelve las diferencias entre info-ricos e info-pobres. Hoy las infotecas son sólo una palabra que se me acaba de ocurrir; pasado mañana serán un servicio público tan fundamental como las bibliotecas, las hemerotecas, o los museos. Ojalá que mañana mismo sean un servicio disponibles para los ciudadanos de bajos recursos en Extremadura. La creación de esta red de infotecas supondría una fuerte inyección económica en el sector, además de la creación de numerosos puestos de trabajo para nuestros futuros egresados, en biblioteconomía, documentación e informática.

Hay que insistir en ello: quedarse fuera de la Sociedad de la Información va a equivaler a quedarse fuera del Progreso. Por otra parte he repetido hasta la saciedad que la posición actual de nuestra región la convierte en una buena candidata para la implantación de centros de teletrabajo, que son las fábricas limpias de la sociedad de la información. Si bien tampoco debemos olvidar que los bajos índices relativos de formación del capital humano constituyen un elemento muy poco competitivo para el desarrollo de los nuevos sectores relacionados con la Sociedad de la Información.

Todo ello exige una apuesta decidida, y por supuesto muy cara. El gobierno regional no debe temer el riesgo que esto supone: las generaciones futuras sabrán, si no agradecerlo, al menos aprovecharlo.


EL INFIERNO QUE JUAN PABLO II NO HA VISTO

©Artemio Baigorri

(Agosto 1999, publicado en el diario HOY)

 

El Papa ha hecho un descubrimiento seguramente feliz para muchos pecadores: el infierno no existe físicamente, no es un lugar, sino un estado de apartamiento de Dios, en un proceso o flujo de alejamiento voluntario. Y digo que feliz para muchos pecadores, porque advierte que ya no es eso del crujir de dientes y de chamuscarse toda una eternidad. Teniendo en cuenta que la cultura católica, al contrario de por ejemplo la judía, o la protestante, ha hecho de la exaltación del dolor físico uno de sus atributos, yo estoy seguro de que buena parte de los pecadores de Occidente van a respirar tranquilos: "Bueno, si es eso... No es para tanto".

Es, en cualquier caso, una declaración interesante la del Papa, porque viene a ser como la consagración de la postmodernidad. Los sociólogos y otros científicos sociales de obediencia católica han encontrado en los paradigmas (o antiparadigmas) de la postmodernidad (paradójicamente si pensamos que en España, y a nivel popular, se identifica la postmodernidad por ejemplo con el cine de Almodóvar), un instrumento perfecto que oponer, sin resultar reaccionarios, a los paradigmas de la Modernidad, de la Ilustración y de la Razón. Es un hecho, que requeriría para una detallada explicación de un espacio que lógicamente el periódico no puede prestarme, pero que está ahí. Pensemos sin ir más lejos que uno de los autores postmodernos más de moda, Manuel Castells (un sociólogo español que se hizo famoso en buena parte gracias a su militancia comunista, pero que después de pasar por California se convirtió en profeta del neoliberalismo global), habla desde hace años de una sociedad de los no-lugares. El espacio, su ordenación y su base económica, no se estructura ya en lugares, sino en flujos, en procesos de decisión.

De forma que los católicos es lógico que piensen que esa nueva definición del infierno dictada por el Papa procede de la inspiración divina. Pero los sociólogos y urbanistas agnósticos que están más al día no van a dejar de pensar que Juan Pablo ha leído los últimos libros de Castells.

Sin embargo, lo que yo quiero hacer en estas líneas no es precisamente desarrollar una lección de teoría social. Lo que pretendo es plantear que la hipótesis del Papa es errónea; que el infierno existe, y además crepita como en esas hermosas y terribles imágenes con que nos asustaban los curas de antes. Me extraña que el Papa, tan viajero, tan amigo de visitar países pobres, no lo haya visto. Yo, que apenas he viajado, acabo de verlo

Estoy en Chicago, una de las ciudades más ricas del planeta. Como hace casi un siglo, cuando aquí surgió la Sociología Urbana, sigue siendo uno de los espacios más ricos del planeta también para el análisis social. He visto la ciudad desde el edificio más alto del mundo, y he quedado anonadado por la riqueza, creatividad y empuje modernizador de sus rascacielos (es aquí también donde se construyeron los primeros). He visitado su Museo de Historia, donde además de ver el vestido de Buffalo Bill he disfrutado viendo las gentes hambrientas de bienestar, llegadas desde todos los rincones del globo, trabajaron duro hasta construir una nación poderosa -por supuesto que sin pensar colectivamente en a costa de quien la estaban construyendo. He visto las bellas obras que sus millonarios han venido construyendo para la ciudadanía... pero casi todas en el centro, en el Downtown. Cuando no es así, como ocurre con la Universidad de Chicago (la privada), decenas de policías se encargan de patrullar permanentemente para que los descreídos del sistema, los fracasados, los perdedores, los miserables, los que se comen con los ojos los bienes de los creyentes, de los ganadores, no entren en el paraíso. Y es aquí, en Chicago, donde he visto el infierno, y por supuesto es un lugar, o más exactamente muchos lugares.

Puedo asegurar que había visto la miseria, incluso el hambre física. Cuando la he visto en Latinoamérica me ha impresionado más, y he pensado que nuestros pobres viven en otro paraíso. Pero aquí no se trata de la miseria, de la pobreza, sino del infierno de carne y hueso, de la condenación eterna al alejamiento de Dios.

En Pilsen, Little Village, en los barrios hispanos de Chicago, a uno le golpea la pobreza de los inmigrantes, muchos de ellos todavía ilegales, pero a la vez se percibe dignidad... Están luchando por sobrevivir, se afanan, organizan manifestaciones de vendedores callejeros de paletas (polos de hielo, como los de antes) y horchata (agua de arroz, no de chufas) porque el alcalde quiere retirarlos de la circulación; han convertido sus barrios en atracción turística para los propios gringos de Chicago; han creado una iglesia paralela trayéndose sus propios curas porque los curas católicos, blancos inmaculados y mayoritariamente irlandeses, no querían tratar con esa chusma mexicana... Viven para alcanzar el paraíso.

Pero en los slums negros es otro mundo, o mejor un sin-mundo. El espacio de la no-esperanza. No es la miseria que se afana, sino la conciencia de que cualquier cosa que se haga es inútil. Extensas barriadas de viviendas sociales completamente arrasadas, chabolas verticales de treinta plantas de altura, entre espacios vacíos pero llenos de basura y de ruinas, de casas quemadas, de coches desguazados... Este infierno va más allá, mucho más allá, de cualquier infierno conocido. A menudo usamos el término infierno como retórica de la guerra, de las acciones de exterminio, pero eso sí que son procesos, más o menos largos pero que tarde o temprano terminan. Es casi imposible pensar que una persona no conozca siquiera unos años de paz a lo largo de toda una vida. Como hablamos del infierno de las grandes y temporales hambrunas africanas, pero esas gentes tienen la certeza de que se trata de un orden natural, en el sentido de que son causadas o por la naturaleza o por la guerra, y también pasan tarde o temprano; además no conocen otra cosa.

En el caso de los barrios pobres de negros en los USA la situación es muy distinta. Allí las gentes crepitan en sus chabolas verticales bajo los 42 grados del verano, y sienten el crujir de dientes bajo los 20 grados bajo cero del invierno, pero sobre todo saben que se trata de una condena, y que además es eterna. Es saber, tener la plena conciencia, de que la riqueza, el bienestar y la felicidad existen, están ahí, a dos manzanas, a veces al otro lado de la calle, pero que ni tú, ni tus hijos, ni tus nietos, tendrán acceso a ella. Por toda la eternidad. Un gurú de la Universidad de Chicago, negro para resultar más convincente, ha descubierto lo que aquí sabemos hace bastante tiempo: que sólo a través de la Educación puede haber alguna esperanza. Pero, ¿cómo va a haberla, si la calidad de los maestros y de las dotaciones escolares depende en ese país del nivel económico de la población de cada barrio, y mientras tanto el resto de gurús de esa misma Universidad trabajan denodadamente para justificar ideológicamente más y más recortes en el gasto social?.

John Betancur, un profesor hispano de la Universidad de Illinois en Chicago (la pública), que me servía de cicerone (por supuesto que yo solo nunca me hubiese atrevido a adentrarme en ese infierno dantesco), me explicaba que los negros en Estados Unidos han sido tan machacados que han perdido su identidad, que no son nada, que no tienen otra ambición que vivir un día más, cada día. Simplemente están fuera del sistema... pareciera que están, en suma, en un estado, similar al estado de apartamiento de Dios del que habla el Papa. Sin embargo, la realidad es que están ahí, en lugares físicos, a la vista de quien quiera o se atreva a verlos... Y no pueden salir. Nunca podrán salir. Para cientos de miles de negros de Chicago, seguramente el infierno postmoderno del Papa de Roma sería una auténtica liberación. Convertirse en proceso, en flujo..., dejar de ser carne sufriente.

No deja de ser paradójico que unos politólogos norteamericanos propusieran hace un par de años que las Iglesias sustituyan a la Constitución, esto es al Gobierno, en esas zonas. En una revista de pensamiento político progresista planteaban su creencia en que tal vez las iglesias protestantes consigan lo que el Estado del Bienestar y la policía no ha conseguido: socializar las calles, crear espacios de esperanza... ¿Y justo ahora sale la Iglesia Católica afirmando que el infierno no es un lugar?

Seguro que aún le quedan fuerzas al Papa para hacer algún que otro viaje. Hágalo a Chicago. Pero no para ser recibido en olor de multitudes por rosáceos curas irlandeses, o por fervorosos hispanos... Adéntrese con su papamóvil allí donde están los negros sin Dios, ni patria ni esperanza, que no saldrán a recibirle. En la calle 59, en Racine entre Taylor y Roosevelt, en cualquier otro de los numerosos slums... ¡Hay tantos infiernos físicos donde elegir!